Viajar es, según para quién, una necesidad, un lujo, un sueño, un imposible, una tortura, un mero trámite… Podemos realizar el viaje físico, con sus trayectos recorridos y medios de transporte, y también podemos viajar hacia nuestras profundidades, explorando paisajes internos. Hay quienes evitan el viaje a toda costa y los que lo buscan y generan. Los hay que dicen no estar interesados y quienes lo anhelan y nunca parecen tener suficiente. A veces nos sumergimos a conciencia y otras nos vemos arrastrados a la aventura por fuerzas externas.
Cada cual experimenta y diseña sus viajes conforme a sus necesidades y posibilidades; siempre tienen en común la oportunidad que abren para descubrir, no sólo lugares, gentes, sabores, colores, olores, sonidos, experiencias, sino también y sobre todo a nosotros mismos.
En torno al lugar de destino se planifica el recorrido y lo más valioso resulta de vivenciar la travesía tal y como se nos revela, sin empeñarnos en que sea diferente o revolvernos porque no se desarrolla conforme a nuestras expectativas. Hay tanto factores involucrados que seguir un plan establecido todo el tiempo es una ilusión. Estar presente en cada momento con lo que acontece, sea lo que sea. Eso es todo.
Así que planificar es también estar abierto a los cambios que se suceden y que nos toca integrar si queremos seguir avanzando. Reajustamos, paramos, modificamos. Todo está bien.
A veces no hay destinos que conquistar ni objetivos que cumplir. A veces la meta es tumbarse al sol, sentarse en una plaza, explorar un bosque y dedicarnos a ejercitar lo que vemos, lo que oímos, lo que olemos, lo que saboreamos, lo que palpamos…
Tomando conciencia del propio cuerpo y de las sensaciones que nos invaden. El cuerpo habla y nosotros, ¿escuchamos lo que nos dice? Y si lo hacemos, ¿conocemos su código para poder interpretar el mensaje?
El tiempo es un concepto relativo, o al menos lo es la sensación de su paso: puede darnos la impresión de alargarse hasta el infinito y enseguida parecer que transcurre muy deprisa. Podemos avanzar mucho en una hora, en un año o sentir que prácticamente no nos movimos del sitio.
Resulta importante elegir bien la compañía, con quién queremos realizar el viaje. De esa asociación y de las alianzas que se establezcan dependerá el devenir y la calidad de la vivencia. Y si viajamos solos, atender también a la calidad de nuestra presencia, a la motivación que nos mueve, la apertura y entrega a la experiencia.
Aunque somos maravillosos y capaces, somos también pequeños. Viajar nos va a poner en contacto con la humildad, mostrándonos la inmensidad del cielo, el mar infinito y su pasmosa profundidad, la potencia de las olas y las variaciones de su movimiento, el poder de la brisa y su capacidad de tornarse viento, la sabiduría de los animales, el flujo que mueve a las ciudades y cómo cada una responde a ese ritmo… Nosotros somos sólo una mínima parte de todo este universo inabarcable que es, con nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros.
Estando en ese espacio de humildad, entrega y disponibilidad, vivenciando lo que se nos va desvelando, nos sorprendemos descubriendo momentos mágicos y de una intensidad casi desconocida. Nos embarga una sensación de alegría y de satisfacción que conecta con algo muy profundo nuestro, muy puro. Un rapto. Un arrebato. Algo que nos conmueve porque toca un punto escondido y genuino, porque nos colma y donde todo de pronto adquiere pleno sentido.
La percepción de nuestras expectativas también se modifica. Tal vez no recorrimos tantas millas como habíamos previsto, ni vimos todos los lugares que habíamos planeado, ni pudimos navegar a toda vela un día completo pero, ¡hubo tanto que no nos propusimos y que surgió como un regalo! Y ahora forma parte de lo que somos.
La persona que vuelve es alguien distinto al que inició el viaje. Es imposible regresar sin sentirse nuevo de la manera que sea y ese espíritu renovado se vuelca luego en la realidad a la que volvemos. Qué hemos descubierto, con qué disfrutamos, qué nos llevó a pasarlo mal. Qué queremos sacar de nuestra vida ahora, qué vamos a integrar. Cómo vamos a aterrizar en la cotidianidad eso que hemos descubierto en la especificidad del viaje.
Al final, cada nuevo día que amanece es un nuevo viaje, aunque no tengamos vacaciones ni salgamos de casa, aunque estemos de nuevo instalados en la rutina. Estar vivos supone ya estar inmersos en el profundo viaje que la vida es.
Vamos a abrazarlo con plenitud, traiga lo que traiga. A ver a dónde nos va llevando.

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