Hija de la Tierra

Jun 26, 2022

La Gran Serpiente negra se aproxima sibilante y, aunque me impresiona, no me da ningún miedo. Tal vez me abruma la parsimonia con la que viene, su inmensidad, pues se hace mayor a medida que se acerca, como una ola que se crece y al sentirla encima me doy cuenta de lo enorme, lo poderosa y lo inevitable que es.

Va a abarcarme entera. Va a traspasarme y a atravesarme. Una vez que la tengo casi encima apenas si hay un segundo de margen y aún así, parece una eternidad, pues de inmediato puedo plantearme posibilidades varias: si me va a devorar, si podré respirar, si voy a sufrir, si sobreviviré…

¿Cuánto tarda mi cerebro en procesar esa información, generar temores y posibles soluciones? ¿Cómo de sofisticado es su sistema operativo para abarcar tanto en tan poco tiempo?

Todo eso es posible porque en realidad el tiempo no existe. Todas las posibilidades tienen cabida en cada instante, a la vez. Tan cierto como que una serpiente negra gigante viene hacia mí decidida. Yo soy su objetivo. ¿Cómo lo sé? Lo sé, sin más. Simplemente. Es una certeza celular. Y viene a cambiarme entera.

Unos instantes más y ya pasó. No la veo. Estoy viva y a salvo. No me destrozó sino que parece haberme facilitado la entrada a este lugar, oscuro y cálido. No veo nada. No lo necesito. No tengo miedo ni nada que hacer. Me acomodo en el suelo mullido y seguro. Es tiempo de descanso. Me dejo estar en esa solidez y percibo la de mi cuerpo, tan confortable, templado, este hogar mío temporal que me acoge y me transporta a donde quiero ir. Le agradezco y me doy cuenta de lo bien que vivo en él, lo bien que estoy conmigo. Me sonrío.

Ese placer, ese goce de estar en mí y conmigo se extiende y de pronto siento una vibración en mi vientre y un arroyo correr. La sangre se precipita limpiando mi útero, deshaciéndose de la vida que no ha sido, sin juicio ni emoción, hace lo que le toca. ¡Qué claro lo siento ahora!

Y lo que normalmente percibo como dolor, ahora no es más que un liviano caudal que aparece y desaparece, que viene y va, con un ritmo bien marcado coherente, confiable. De pronto siento muy vívidos mis ovarios. Son dos fuentes de calor que bombean toda la región, palpitan. Dos centros de energía sana e interminable, ecológica y generadora de vida. ¡Qué hermosura! Me dejo sentir cada latido y la sangre que impulsa después.

Mi útero se manifiesta ahora claramente, lo ocupa todo, quiere que lo atienda y así lo hago. Es un nido, un oasis, un hogar, un espacio donde todo cabe, hasta lo más grande. Me maravillo. ¡Qué prodigio de perfección! No es arrogancia, al contrario: una profunda sensación de humildad me me envuelve al darme cuenta de que algo o alguien inmenso hace posible todo esto. Lo ha creado y puesto en marcha, lo cuida y lo sostiene, vela por ello mientras lo deja ser. Y como lo hace conmigo así es con tantos miles de millones de organismos y seres vivos, cada uno con su bella arquitectura interna y su particular ingeniería, funcionando en una cadena de creatividad sin fin. Cada uno haciéndonos cargo de el tesoro concedido y transformándonos en guardianes y desarrolladores del mismo. Igual que hemos sido creados, nosotros creamos y nos creamos con cada respiración y a cada paso.

Me quedo sintiendo cómo se contrae y se expande mi cueva interna, siento mi sangre templada fluir. No hay nada que yo tenga que hacer mas que estar aquí con esto. El dolor no existe, la incomodidad tampoco. Solo la presencia y el latido, que de pronto se acompasa con el de mi corazón. Escucho mi corazón desde dentro. Corazón, útero y tambor son uno. Cada golpe me resuena por dentro y la resonancia acompaña a la contracción. Suelto, recibo.. Me dejo estar, abrazo. ¡Qué placer! Suave cadencia que se extiende y se expande como una onda en el agua. Infinita. Ampliada.

Entonces siento que me diluyo con esa sangre que brota de mi vientre hacia el exterior. Estoy tumbada, confortable en el suelo y la sangre derramada en contacto con la tierra me vuelve tierra. Soy arcilla porosa y húmeda que se cuela entre las grietas, penetra y es absorbida. Soy una con la tierra. Yo soy tierra. Estoy hecha a imagen y semejanza de mi madre que es la Gran Madre Roja, amorosa, compasiva, fértil. Capaz de todo el calor y de toda la dureza. Madre infinita y profunda. Madre abrazo. Los límites entre ella y yo no existen y a la vez siento que me deja ser. Hay individualidad dentro de la Unidad y la Unidad abarca al Todo.

Atravieso capas y capas de terreno: fecundo, yermo, húmedo, árido. Soy tierra y algo que viaja y se transforma a través de ella. Sin esfuerzo, sin pensamiento, sin moral. Pura existencia, plena presencia, grandiosa sencillez. Vida.

Escucho el murmullo exterior afuera de mí sin engancharme, sin distraerme de lo mío. Ciertamente están sucediéndose millones de vivencias mientras yo exploro las mías y lo dejo ser quedándome en lo que me toca, maravillada, agradecida, instalada en mi sonrisa.

Solo el canto y la vibración del tambor aciertan a sacarme de donde estoy, y ahí también me entrego sin resistencias. Me entrego a cada tramo del camino que se me va revelando, abrazando con gratitud el despliegue que se abre para mí. Sin apegarme a lo de antes que ahora se ha esfumado. Ahora soy voz en mi garganta y resonancia en mi cuerpo. Ahora soy una con la voz de la hermana que sentada canta a mi lado. Ella lidera en los agudos y yo la acompaño en los graves, sintiendo la comodidad de ese lugar. Que también pasa.

Todo pasa. Sin cesar. Y su belleza deviene de ese constante fluir. Sin más.

No hay más que la grandeza de ser a cada instante.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete

Para recibir mis publicaciones por email.