La Tribu

May 6, 2022

Cuando la posibilidad de volver al círculo emana de nuevo, siempre late fuerte en mí un impulso que me llena de entusiasmo y no existe ninguna otra cosa en el mundo que anhele más que eso.

Pasan los días y mi mente comienza a presentarme escollos. ¿Para qué otra vez? ¿Qué estás buscando? ¿No te cansas? ¿Qué necesidad tienes de pasar por eso? ¿Eres masoca? Ese dinero podrías dedicarlo a otra cosa más necesaria…

La muy tramposa sabe cómo embaucarme, dónde me duele, y es incansable en su empeño. Ataca una y mil veces, perseverante, directa. Ahora empiezo a ver que puede querer protegerme del caos que viene luego, de esa incomodidad inabarcable que cae sobre mí como una pesada losa.

Al acercarse el día del encuentro, siempre me embarga un miedo profundo que al principio se alojaba puntiagudo en mi cabeza, después pasó a conquistarme las tripas y últimamente apenas si evoca un leve silbido que se pierde entre tanto aire.

Tras aterrizar en el espacio que nos acoge, la dicha, la valentía y la fascinación por el trabajo que está por comenzar me hacen sentir poderosa y efervescente. Nada me frena hasta que finalmente me quedo parada frente a frente con la fuente de conciencia. Entonces el miedo me agarra duro y creo que un sudor frío me recorre entera. Siento calor, me arden las manos, las mejillas. Me parece que los esfínteres no podrán ejercer su función porque quiero cagar y mear y no puedo aguantarme. O eso me digo. Pero siempre lo logro. Me lloran los ojos. La vista se nubla. El cuerpo se me ablanda y me voy derritiendo poco a poco, sin poder sostenerme, sin querer mantener ninguna parte mía en la vertical. Mi estómago se rebela y yo me resisto. No quiero vomitar. No, todavía no. Espera un poco más. Rara vez consigo frenarlo. Mi cuerpo está al mando. Vomito mi miedo, mi dificultad para ponerme vulnerable. Vomito mis resistencias y dudas. Vomito, y con cada arcada me hundo más y más, descesdiendo hacia el interior de la tierra que me sostiene, volviéndome una con el subsuelo, perdiéndome en él, desapareciendo.

Está muy oscuro, no veo nada. Y lo veo todo. Un universo de formas, colores, susurros y sensaciones se despliega a placer, ofreciéndome tanto que a menudo me abruma. Me parece no poder abarcarlo todo. Me sobrepasa, me supera, me rodea, atraviesa, envuelve, tira de mí, me eleva hacia lo más alto para soltarme luego al vacío. Me precipito en caída libre, sin escapatoria. Toco tierra y descanso un instante eterno. Agradezco. Afino el oído para captar los mensajes q viajan efímeros en cada silbido. Un cosmos de información que habla de mí, de la Vida, que me muestra dónde me engancho, cómo lo hago, para qué es así.

Es incómodo el viaje, desesperanzador. A ratos es un combate, una carrera de fondo, una huída. Otros se convierte en un espacio de reposo, el hogar del placer, un sumergirme en las aguas del entendimiento.

Hay momentos en los que me disfruto y toda yo soy gozo y deleite. Siento mi tacto, la suavidad de mi piel, la magia con la que se precipitan tranquilas las lágrimas desde mis ojos cerrados. En otras ocasiones soy dolor, tensión, mentira descarnada. Y me doy asco y pena. Pero otra oleada de amor llega para calmarme y limpiar mi ser de tanta ponzoña.

Milenios de putrefacta miseria se acumulan sobre mis hombros, en los huecos de mi espalda y la noche me los sacude de un manotazo. Puedo sentir la liberación que supone no cargar con tanta mierda. Lloro emocionada. Toco tierra de nuevo. Siempre toco tierra. Conmovida por tan generoso sostén. Alargo mi mano buscando otro cuerpo, a un hermano o hermana que sé están cerca haciendo su camino. Encontrarlos me tranquiliza. Sentir su calidez, saberlos tal vez atravesando las mismas dificultades, gozos similares. Sabernos en la certeza de lo mismo. En comunión.

Es fascinante la intensidad con la que la verdad y la falsedad se ponen de manifiesto, cómo encarnan en mi cuerpo haciéndome sentir el cielo y el infierno. Los vislumbres de claridad que lo inundan todo de pronto y verlos desaparecer sin haber podido atraparlos.

Me resulta imposible explicarlo mejor, no hay palabras que yo pueda hilvanar para acercarme siquiera a lo que en verdad acontece. Es mucho y complejo. Es tanto y profundo. Es todo y sombrío. Espeluznante. Bellísimo. ¿Cómo puede reflejar los opuestos a la vez? Una prodigiosa lección sobre la ilusión de dualidad y la posibilidad de acercarme un instante a la vivencia de disolución. Perlas de conciencia que a menudo puedo registrar en mi cerebro y si no, sé que permanecen almacenadas en algún recodo de mi cuerpo sintiente, de mi alma errante y sabia.

Es por ella que siempre vuelvo. O puede que sea ella la que tira de mí y me impulsa a volver. Para seguir experimentando la confusión, la entrega, mi poder y la incapacidad para controlarlo todo. Para continuar expresándome, aclarándome, poniendo en valor mi camino a pesar de mi torpeza, mis dudas, mis idas y venidas. Para darle cabida a todo lo que es y no escaparme de nada.

La puerta se abre. Atravieso el umbral, sabiendo ya lo que va a abordarme, y aun siendo así, avanzo hacia ello. Con miedo o sin él. Confiada. Confiando. La puerta se cierra y quedamos inmersos en nuestro círculo sagrado, sostenidos por la Tierra, por el espacio, por los cantos, por la energía de quienes están al cuidado. Agradeciendo.

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