Hay una gota de agua cristalina posada levemente en el pétalo blanco de una flor.
Es redonda, perfecta, transparente. Enorme en su pequeña sencillez. Miro a través de ella e intuyo un universo entero en su interior. Así de diminuta como es parece abarcarlo todo, contenerlo todo, reflejarlo todo. Es un espejo, una puerta de acceso. Es una, maestra, un oasis. Un caleidoscopio minúsculo que amplifica la realidad que nos rodea.
Me quedo con ella un rato atendiendo a su forma, su color, la manera en la que refleja la luz, la gracia natural con la que se mantiene en equilibrio, sostenida apenas por un punto de contacto tan leve y a la vez tan consistente. Sin esfuerzo. Sin expectativas. Simplemente ahí, siendo, dejándose ser. Sin prisa. Sin juicio.
Puede que sea hija de la lluvia, de la condensación. Puede ser la lágrima de alguien o haberse escapado de algún recipiente. Puede tardar un minuto, una hora o una eternidad en desaparecer. Puede que se evapore, que ruede hasta infiltrarse en la tierra. Puede que un pájaro o un insecto la beban, que un animal o una persona la atropellen a su paso.
Todo es posible y a la vez no importa en absoluto ni su origen ni su final. Lo que importa es que es y que está, aquí y ahora.
Como el pétalo carnoso que la sostiene, con sus vetas intrincadas recorriéndolo y bombeando vida de arriba a abajo, de la raíz al tallo pasando por las hojas y atravesando cada milímetro de la flor de la que hace parte.
Ese pétalo también encierra un universo completo e inabarcable de grandeza y simplicidad. Una paleta de vida que va desde su color y textura a su aroma y sabor, desde la delicada vulnerabilidad que muestra hasta la férrea fortaleza de las raíces que lo sostienen invisibles en lo profundo.
Soy esa gota. Yo soy ese pétalo. Soy agua cristalina y tierra fértil. Soy transparencia, blancura, equilibrio. Soy belleza, perfección, sencillez, grandeza. Vengo de algún lugar y también tendré un final, sin saber cuándo ni dónde.
Yo soy ellos. Ellos son yo. Tú eres ellos. Ellos son tú. El Universo entero se vislumbra en esa gota, en esa flor. Somos el Universo y el Universo que nos abarca está en nosotros. Con la vida y con muerte, en la creación y en la destrucción.
Aguas desatadas que se transforman en tsunamis, lluvia pausada, volcanes en erupción, la llama de una vela, vientos huracanados y el soplo que extingue la llama de esa vela, terremotos devastadores y tierra asentada bajo nuestros pies, espacio infinito y cielo… Pura existencia.
Y, a veces, la mano malintencionada del hombre movida por la malintencionada mente de personas ocupadas de manipular y controlar para acumular más riqueza y mayor poder. Almas pequeñas que no ven más allá de su ciega ambición. Por eso no te ven a ti, ni a mí. No nos ven ni nos miran si no es para alimentar su interés. Nos les importa si nos dañan, si inhabilitan, si nos agreden o matan. Buscan su beneficio, a toda costa.
A veces dañar y asesinar es su objetivo. Lo vemos en lo individual y no queremos creer que sucede igual en lo colectivo. Nos resistimos a aceptar que a la clase política, burócratas, grandes empresas y acaudalados filántropos les importa una mierda nuestro bienestar y el futuro de nuestros niños. Somos una sociedad en pañales, infantilizados a conciencia e ignorantes de la esclavitud a la que estamos sometidos y a la que voluntariamente nos entregamos. Ellos no nos ven realmente, igual que nosotros no vemos a esa gota posada en el pétalo blanco de una flor.
Para poder ver es preciso querer mirar.
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