Y si el sentido de todo existir consistiese precisamente en atravesar, trascender y dejar atrás aquello que parece sernos esencial, aquello inmanente a nuestra naturaleza humana más básica, según nos la han explicado siempre o como hemos podido entenderla hasta ahora…
Y si como seres humanos nos tocase examinarnos en esos términos de materias tan intrínsecas a nuestra condición como la dependencia emocional, los apegos, las adicciones, la soledad, el deseo y el placer, el hambre, las carencias y los excesos, la sexualidad, el sueño, el cansancio, la libertad, las pasiones, las posesiones, el dinero, el trabajo, la familia, la diversidad, el miedo, el odio, el tiempo y el espacio, el dolor, la enfermedad, la belleza, el vacío, la muerte…
Y si más allá de mirar lo mío, de ver lo tuyo, de intuir o identificar lo de los demás pudiese aproximarme a todo desde un espacio de calma, limpio, neutral, carente de juicio, exento de dictamen y de opinión, transparente, libre, y entender así que salvo ciertas diferencias de forma y contenido andamos todos más o menos en lo mismo…
Y si pudiésemos mirar así no solo a aquel con quien empatizamos, a nuestro amigo, vecino, colega, a quien admiramos, amamos o con el que estamos de acuerdo sino sobre todo a aquel que nos resulta extraño, ajeno, que incluso aborrecemos o decimos odiar, aquel que sentimos en el lado opuesto y que consideramos adversario o enemigo…
Y si entonces nos diésemos cuenta de que en verdad somos uno y uno solo y que cuando te critico se me abre una brecha en el pecho, que cuando te ignoro me rigidizo, que cuando te desprecio me debilito…
Y si la Vida fuese eso y solo eso, y tuviésemos que vivir varias o muchas vidas para aprehender ese conocimiento que es el único esencialmente vital porque desde él se diluirían dificultades, enfrentamientos, angustias y temores…

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