Iracunda

Abr 9, 2021

Estaba tan reprimida mi cólera, tan bien agazapada en lo oscuro estaba que incluso me creí que no existía, que me era una emoción ajena.

Ahora que crecí algo he podido ver que siempre ha habitado en mí, he rescatado recuerdos de ocasiones en las que consiguió salir, desbocada y arrasando, y me he dado cuenta de lo amordazada que la mantenía.

La reconocí sin quererlo, tan incómoda me resultaba, tan familiar y genuina a la vez; ella también había crecido, y harta de vivir secuestrada se había vuelto afilada, hiriente y muy poderosa.

No sé en qué tétrica mazmorra de mis adentros la tenía encerrada ni cuánto la maltraté con mi indiferencia, sin mirada, sin luz, sin paciencia ni compasión. La miré de frente y me aterró su fiereza: «hasta aquí mi cruento cautiverio, ahora te vas a enterar de quién soy yo».

Ni una palabra más. Nada de verborrea mental. Ella es cruda acción. Una chispa que incendia la mecha entera. Visceralidad. Impulso.

Ahora campa a sus anchas, hace acto de presencia cuando le parece y ocupa todo el escenario cubriéndolo de llamas. Ya no puedo controlarla. Asumió el mando de esos momentos que son suyos. Ya no se deja apabullar por mis demás destrezas. Conoce mis movimientos, sabe escabullirse y no se rinde. Jamás.

Llega un punto álgido, de máxima tensión en el que, si no me muevo rápido y contundente, si no grito, si no golpeo algo con fuerza varias veces seguidas siento que va a explotarme por dentro, destruyendo todo lo que y a quien encuentre a su paso.

Así que me agito, tiemblo, grito, golpeo algo unos instantes, y así es como la dejo desplegarse y diluirse sin dañar. Me ha mostrado que eso es todo lo que en realidad quiere y necesita: tener cabida, que le otorgue entidad, ser vista y reconocida, que escuche su voz, que recoja sus demandas, encontrar su lugar en mí y descansar en él.

Aún me sigue asustando a veces cuando aparece, no me gusta, no me gusto con ella, y tiendo a querer someterla, sin éxito. Después me sereno y procuro no criminalizarla ni culparme a mí por permitir que se exprese. Hace parte de mí, es una faceta mía que ya no voy a censurarme más.

No volveré a cercenarte, cólera mía. Prometo reconocerte y otorgarte tu espacio, acompañarte a que salgas, procurar que no causes destrozos, atender a tu razón de ser y a tu demanda. Agradezco el mensaje que me traes y honro tu existencia. Te pido disculpas por tanta sanción y por haberte ignorado. Reconozco tu inabarcable fuerza vital, tu poder y determinación. Te admiro y anhelo incorporarte a mi vida de una manera sana, que me enseñes a oler el peligro, a practicar un estar alerta relajada, a poner límites, a decir que no, a mostrarme contundente y enseñar mis colmillos y mis garras cuando sea preciso, sin sentir miedo a utilizarlos porque protegerme y proteger son algunas de sus funciones.

Me reconozco iracunda, colérica, rabiosa. Ahora sí. Confieso que soy ira, cólera, rabia, enfado, enojo. Sí. Ésa soy yo también. Me guste o no. Te guste o no. Se acabó el secuestro y la censura. Mi mazmorra se ha transformado en una jungla abierta y sin barreras. A quien le asuste que no se adentre. Yo estoy en casa.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete

Para recibir mis publicaciones por email.