Coherencia interna

Nov 14, 2020

Estoy dándome cuenta estos días del precio que pago por empeñarme en encajar y lo que me he esforzado por lograrlo. Como si encajar fuese el objetivo en sí mismo.

Sin embargo, en ciertas ocasiones pasadas, y en ésta actual con mayor y sostenida intensidad, pudiera parecer que mis movimientos responden a una rebeldía sin causa, adolescente, irracional. Un ir en contra porque sí, irreflexivo y yermo. Un querer llamar la atención, destacar, hacerme visible.

Y no. No es eso. No es nada de eso. He esperado este tiempo para mirarlo todo en detalle, para observarme, para poder incluso pillarme en mi trampa, en mi automático histórico. Y no lo encontré. Es más. Lo que he visto le ha dado sentido a parte de lo que sin conciencia vengo desplegando en mi caminar.

Y he visto la tristeza. La he mirado a la cara sin escaparme de ella. Me he sentado a su lado, he sentido su profundidad y su serena presencia. Se ha apoyado en mí y yo me he puesto fuerte y madura para sostenerla. Sí que puedo. Ahora soy una mujer adulta y poderosa y sí que puedo. Sin tener que hacer nada más que estar, presente, entregada. Sin miedo, sin intentar salvar a nadie, sin evadirme, sin hablar siquiera.

No es rebeldía, no. Es coherencia interna. Es una necesidad esencial que, si no atiendo, comienza a generarme un roce, una molestia, incomodidad, dolor, herida, daño. Daño moral. Perjuicio por incongruencia, por ir en contra de mis valores y creencias, de lo que me vibra por dentro y que la voz de mi alma me susurra o me grita, según su urgencia, según sea la dimensión del abismo al que ve que me acerco.

Es imposible medir, evaluar, perimetrar, demostrar o mostrar en una gráfica la dimensión que el daño moral genera. La ciencia no es aún tan capaz, tan sabia, tan integradora. Sólo la persona, atenta y respetuosa, puede aproximarse a intuirlo, reconocerlo y darle su lugar para luego, en la medida que sea, paliarlo y obrar a partir de ahí en otro sentido.

Esta situación externa y loca me arrastró por un espacio de tiempo y, como a tantas personas, cada una desde su particularidad, me ha dañado. Ha podido hacerlo porque yo me he dejado, porque asustada y sola, como me creía, torpe y dependiente, permití que me invadiera y comenzase a conquistar terreno. El daño que puede generarme está a años luz de lo que genera mi miedo sano y mi saludable tristeza. Ese daño dinamita. Destruye. Anula. Mi miedo y mi tristeza, mi rabia incluso, cuando me siento a su lado o me paro frente a ellos, me atraviesan, dejan su poso y se retiran. Abonando. Arrojando luz. Construyendo. Dándome fuerza. Devolviéndome mi poder, ése que yo, ciega, fui entregando.

Ahora estoy recuperándolo y haciéndome dueña de él. Voy aprendiendo sobre la marcha. Haciendo, deshaciendo. Me equivoco y reparo. Y si no lo veo claro, me siento. Y espero. Atenta. Sin melodrama. Sin frialdad tampoco. Con calidez. Con templanza. Miro. Escucho. Me muevo y acciono cuando la certeza me visita.

Y así voy. A mi ritmo. A mi manera. Que no es orgullo, ni arrogancia, ni soberbia. Se llama coherencia interna.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete

Para recibir mis publicaciones por email.