Acabo de caer en la cuenta de para qué me gradué en Filología si tenía claro que no quería dedicarme a la docencia de por vida ni me interesaba en absoluto ser funcionaria pública. Tomo conciencia ahora de para qué me ha servido entonces.
Para leer. Para leer mucho y no de cualquier manera. Leer atenta, fijándome en las palabras escogidas, en la estructura, en los asuntos y el estilo. Leer entre líneas y ubicando la obra y al autor en su época, descubriendo resonancias, atando cabos, poniéndome en la piel de los personajes, comprendiendo el oficio de escribir.
Sí, confieso que he leído. He leído mucho y variado. Poesía, prosa, teatro, ensayo, novela, investigación periodística. He leído a los clásicos y a mis contemporáneos, en mi idioma y en otras lenguas. En formato digital y en papel. De día, de noche, en playas, parques, trenes, vagones de metro, aviones, en mi cama, en el sofá y hasta en parada del bus. He leído por obligación, por placer y por necesidad. He comprado libros, muchos, los he sacado prestados de la biblioteca, siempre los he cuidado y todavía hoy son lo que más difícil se me hace soltar.
Confieso que he leído, y leer me ha abierto la mente, me la ha modelado flexible, abierta, dispuesta, curiosa. Me ha facilitado el hacerme preguntas, el desarrollar cierto olfato, el cuestionar la realidad para entender, sospechar o intuir al menos las razones detrás de los hechos.
Me confieso lectora, y leer me ha servido para no creerme todo lo que veo impreso negro sobre blanco ni todo lo que escucho, venga de quien venga, para afinar el pensamiento crítico y el discernimiento, para ser capaz de generar y expresar mi opinión más allá de lo que opinen otros.
Sí, lo confieso, he leído mucho. Y llevo conmigo desde La Biblia hasta Bradbury, de Ovidio a Ángel González, de Sor Juana Inés de la Cruz a Gloria Fuertes, de Juan Rulfo a Margaret Atwood, de Cortázar y Borges y Gabo a Paul Auster, Philip Roth y Muñoz Molina…
Esta tarde me di cuenta, justo mientras leía en la playa, que todas esas lecturas han fortalecido el músculo crítico en mí y me han impulsado a no conformarme, a investigar e indagar, a ser expansiva y a generarme una opinión propia. Tal vez ha sido así porque todo esto encaja bien con mi estructura caracterial, sí, es muy posible y todo hace sentido si atiendo a mi globalidad.
Así que, teniendo todo eso en cuenta, si no me trago ni compro todo lo que me ponen por delante, ya puedo echarle la ‘culpa’ a algo concreto. Al fin y al cabo, leer no es un crimen, ¿verdad? O no lo es todavía… (Le voy a poner una velita blanca a Ray Bradbury, por visionario). Y pensar tampoco. Ni es un crimen ni es ilegal. Aún.
Se me ocurre que podríamos marcarnos con un símbolo, un distintivo que nos identificara a las personas que leemos. Así nos reconoceríamos entre nosotras para apoyarnos, así nos verían venir de lejos y tal vez se guardarían algo más de insultar nuestra inteligencia o de tratarnos como a incapaces. No a modo de estigma sino como elemento clarificador e incluso de pertenencia.
Me confieso lectora, sí. Y como tal, muy viva de mente, cuerpo, emoción y espíritu. Viva. Despierta. Atenta. Curiosa. Inconformista. Entusiasta. Crítica. Humana. Errada a menudo. Y libre.
Para todo eso me ha servido leer. Y por todo eso seguiré leyendo hasta que los ojos, los oídos o las yemas de los dedos, llegado el caso, me lo permitan.

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