Un patio cuadrado con suelo de cemento forrado de cálidas lonas y mullidas alfombras.
Paredes encaladas cubiertas con mandalas, elefantes, salamandras, figuras geométricas y las mejores intenciones.
Un arriate. Plantas verdes. Un banco corrido para sentarnos. Dos puertas que llevan a dos salas y una que da al campo, a la tierra.
Un limonero da vida en una esquina y bajo él, dos mujeres sabias, fuertes, generosas, sosteniendo el espacio y todo lo que allí sucede.
Un cielo de verano estrellado, una bóveda celestial ovalada que nos acoge y contiene.
La música meciéndonos, mostrando el camino, acompañando. Los sonidos de la noche, los animales hermanos, la brisa de la Sierra abriéndose paso.
Un grupo de almas valientes, guerreros ataviados de luz, atravesamos nuestros lugares internos explorando profundidades, como podemos. Tirándonos de lleno o de puntillas, lanzándonos de cabeza o adentrándonos suavemente. Con cuidado o sin pudor alguno.
Y Ella hace su entrada en cada una de nosotras como considera oportuno. Hace y deshace. Muestra y oculta. Revuelca y mece. Susurra y grita y se queda callada. Y permanece. Toda la noche. Va modulando su inabarcable presencia, manifestándose, tejiendo hilos, trazando líneas que nos conectan y lo conectan todo en una red infinita.
Conmigo es primero dulce, suave, cuidadosa. Me invita a que le haga preguntas y las contesta todas, generosa. Me muestra escenas, me señala para que me fije en algo, se difumina, reaparece y me trae formas, reptiles, colores, susurros, vibración, música, baile. Y de pronto, desaparece. Se esfuma. No la escucho ya. No la veo. No la siento. Me quedo sola, me desespero. Toco vacío y me empeño en resolver con la mente. Y no es por ahí. Entro en bucle, incapaz de zafarme. Pido ayuda y una hermana de camino me la ofrece, y otra hermana, y una tercera, mujeres hermosas, amorosas, disponibles. Me hace bien dejarme caer en ellas, ponerme vulnerable con mis iguales, mostrarme así de desnuda, permitir que me cuiden y luego erguirme yo sola y seguir, sosteniendo toda la tempestad que viene y me arrastra a un pozo oscuro que parece no tener fondo.
«¡Sí que puedes! No eres una niña. Eres una mujer adulta y poderosa y sí que puedes sola. ¡Venga!»
¡Sí, es cierto, gracias! Sí que puedo yo sola. He podido otras veces y podré está también. Gracias.
Poder supone quedarme un tiempo que se me antoja eterno en ese pozo oscuro y sin fondo, suspendida en un vacío incómodo. No sé cómo salir pero sí que me toca permanecer, lo que sea necesario. Y lo hago, como puedo.
Después encuentro algo de fuerza y sigo mi impulso. Sola, me levanto, y descalza me voy a la tierra; allí sentada toco con más fuerza y seguridad, con visión y ternura, con claridad. Estoy agotada, creo que me muevo despacio. Voy explorando el espacio con las plantas desnudas de mis pies y siento la calidez y el sostén de la Madre Tierra, constante, su entrega incondicional, su presencia interminable. Me emociono. Es inmensa. Nunca estoy sola. Siempre he podido y siempre voy a poder, porque soy su hija y porque ella me ampara y nutre.
Siento un amor hondo y sincero por todas estas personas tan bellas y tan valientes. Estoy conmovida. El agradecimiento me derborda y necesito manifestárselo. Ponerlo en palabras. Nombrarlas en voz alta. Gracias. Gracias. Gracias. Mil veces, gracias. Un millón de veces, gracias. Gracias. Gracias. Gracias…

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