Atrévete

Jul 11, 2020

Cuando me dijiste que te ibas y te llevaste solo una mochila con cuatro cosas no pensé que te marchabas para siempre.

Pensé que volverías. No porque me quisieras mucho, no porque me echases de menos o echases de menos mi salsa de tomate. Si no porque aquí estaban tus discos, la foto enmarcada donde apareces chiquito con tu padre, tu ropa de invierno, tu chaqueta de cuero e incluso tu video consola.

Estaba claro en mi cabeza que regresarías, aunque también te dejases atrás las llaves. Cómo ibas a abandonar todo esto… Cómo ibas a dejarnos del todo a todos esos objetos tan queridos y a mí…

Te esperé mucho tiempo. Te esperé horas, días, semanas. Te esperé y guardé porciones de tus comidas favoritas en el congelador. Dejé una nota pegada en la puerta del frigorífico, por si volvías cuando yo no estaba en casa: «Si tienes hambre, abre el conge. Te quiero». Acabó despegándose sola de tanto esperarte.

Hoy creo que ya no te espero más. Me parece que sé por fin que no vuelves. He comprado un montón de regias cajas de cartón para almacenar tus cosas y hacerme espacio, porque aunque tú no estés, lo ocupas todo. Y me falta el aire. Y no es justo que me falte espacio y aire porque aún estás en todas partes, a pesar de haberte ido hace tanto. No es justo porque yo me he quedado, y necesito ese espacio para estar y aire para respirar en paz.

He empezado a comerme todo lo que cociné para ti, y puedo saborear en cada plato el rencor, la tristeza, el fuego, la incapacidad para comunicarnos, las mentiras, los silencios, el miedo, la esperanza, la ira, el desconsuelo, la soledad… Todo alimenta.

Y ya no te espero. Estoy plantando tulipanes en el jardín mientras horneo una tarta de manzana. El dulce aroma de la tierra y del azúcar caliente me envuelve y me hace sentir feliz en casa, sola. Sonrío. Alzo la vista al cielo azul de primavera y dejo que la tibieza del sol me acaricie el rostro. Me siento segura aquí conmigo. Tengo todo lo que preciso.

El horno pita para avisarme. Abro los ojos. Estoy tumbada en nuestra cama y tú duermes a mi lado. No huele a pastel de manzana y apago la alarma de mi teléfono móvil. Me incorporo en la cama y el temor se me agarra a las tripas retorciéndolas un poco, y ahí se queda. El corazón me late rápido y contundente, tanto que creo que te despierta. Me miras y me preguntas qué pasa. Yo podría decirte que tengo una alimaña en el estómago, que me abandonaste del todo, que me dejaste todos tus trastos y tuve que hacerme cargo de todo sola, que nunca contestaste a mis llamadas ni a mis mensajes, que te esperé infinito y que después de dolerme mucho sin esperarlo dejé de dolerme y…

«Tenemos que hablar. Quiero que te marches».

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