Entomología interna

Nov 18, 2019

No me gustaban los insectos. No podía soportar mirarlos ni me fascinaba su comportamiento. No tenía curiosidad por sus esforzadas vidas ni quería saber qué función cumplen en la estructura piramidal de la que todos somos parte. No me gustan, no puedo mirarlos, no tengo curiosidad, no quiero saber nada de ellos. Y ahora más que nunca entiendo perfectamente cómo se sentía Gregorio Samsa. La angustia, el asco, la desesperación. Un mamífero cualquiera, un pez incluso, un pájaro. La historia habría sido bien distinta. Pero un insecto… Eso sí que es una bajada en toda regla a los infiernos más tenebrosos y ocultos. Y sin Virgilio alguno que haga de avezado cicerone.

Hay fechas, hechos y sensaciones que se aferran a nosotros como garrapatas sedientas de sustancia nutritiva. Y así, agarradas con fuerza a nuestra memoria y a nuestra alma, permanecen alojadas en algún lugar recóndito de nuestro ser, amenazando con no marcharse jamás, sorbiéndose nuestra vida. A veces causan herida, de tan fuerte que nos aprietan con sus tétricas patas. Otras, con el paso del tiempo, van aflojando, aunque quede la cicatriz que causaron, o en el peor de los casos, una llaga en carne viva que no conseguimos sanar.

Es cierto eso que decían los filósofos griegos: todas las respuestas a todas las preguntas están dentro de nosotros. Sólo hay que saber formular las segundas bien y escucharnos mejor aún para encontrar las primeras.

Yo tenía treinta y un años, un buen trabajo, una hipoteca recién horneada a medias y una preciosa relación con un buen hombre que me traía frescura, humor, alegría. Amor. Así que hicimos muchos planes para un futuro que apuntaba prometedor. Y lo era. Hasta el asalto de aquella noche.

Supe que nos acechaba algo temible y pude leerlo claro entre las líneas que aquel doctor menudo y con barba escogía cuidadoso sin querer nombrar lo que yo sí intuía. Eran las siete de la mañana de un lunes de agosto soporífero. Después de toda la noche recorriendo el hospital de sala en sala me vi allí sentada como una zombi mientras él yacía entubado en alguna cama de aquel enorme edificio. En aquella enorme sala de espera, desangelada y vacía, sentí un escalofrío y justo en ese momento el temible insecto se me agarró al pecho con fuerza. Y allí hizo nido durante meses, sin aflojar un milímetro.

Un ponzoñoso cóctel: mitad miedo, mitad dolor, con un toque de ira contenida y otro de velada negación. Intragable. Repugnante. Me levantaba el estómago. Literalmente. Y sin embargo, no podía dejar de beberlo. Como si me lo inyectaran intravenoso. Estaba presente en mí todo el tiempo. El sabor. El olor. La textura. Vomitar servía un rato. Después, el malestar volvía. Y vuelta a empezar. De día y de noche.

Treinta y un años. Cuasi viuda. Con un sinfín de prosaicas tareas que cumplir (llamar a su familia, avisar a sus amigos, recoger el certificado de defunción, cancelar el contrato de su móvil, las tarjetas de crédito, gestionar la titularidad de la hipoteca, del contrato de la luz, el derecho o no a herencia…),  llorando la pérdida del amor de mi vida y con un insecto invisible de considerables dimensiones robándome latidos y respiración. Un perfecto ejemplo de parasitismo. A ver cómo se vive con eso.

Vivir, se vive. Se malvive. O más bien, se sobrevive, sobre todo al principio. Durmiendo y comiendo mal y poco. Trabajando mucho para poner la atención en otro lugar, con dificultad para concentrarme, cometiendo errores, tropezando y cayendo. Llorando mucho cada día, hablando con quien tenga la fortaleza de sostener el dolor ajeno sin pretender apuntar soluciones. Mirando adelante. Mirando atrás. Mirándome en el sitio. Mirando adelante de nuevo. Avanzando un paso y retrocediendo dos. Queriendo estar bien sin poder sentirlo ni creerlo posible siquiera. Sintiéndome un ser extraño entre personas normales. ¿Qué es la normalidad? No existe.

La vida sigue y sin embargo sentía que iba a ser imposible continuar porque mi mundo se fracturó en un sinfín de pedazos que ya no podrían casar entre sí. Se tambalea el trabajo, la familia, los amigos, la salud, el sentido de la existencia…Todo se me vuelve susceptible de cuestionamiento. Y lo único que permanece tal cual, más fuerte y firme aún si cabe cada día, es ese bicho enorme que se ha instalado en mi pecho. Chupándoselo todo. Insaciable. Famélico.

Pero pasa el tiempo, los meses, y el bicho afloja. Yo no sé si es que se cansa o que me acostumbro. Sólo sé que un día mientras conducía de vuelta a casa me extrañé al darme cuenta de que no lo sentía comprimiéndome por dentro. Seguía allí pero había perdido fuerza. ¿Se estaría muriendo o me habría yo habituado a aquella extraña relación simbiótica?

Siguió debilitándose con cada nuevo paso que yo daba, con cada nuevo intento por mi parte de estar viva y ser feliz. Aunque me derrumbase a veces, siempre había otro día, otra oportunidad de avanzar, de experimentar ilusión de nuevo.

Cuando hace casi quince años compramos esta casa mi hermano nos decía en broma que era el paraíso de cualquier entomólogo. Tantos y tan variados eran los insectos que por aquí deambulaban. Es lo que tiene vivir casi en mitad del campo. Les hemos arrebatado parte de su hábitat para acomodarnos nosotros así que no podemos sorprendernos ni sentirnos asqueados si se nos cuelan de vez en cuando por entre las grietas de nuestras entrañas, haciendo nido, poniendo huevos, reproduciéndose y muriendo. Sólo intentan sobrevivir. Como nosotros. Como yo misma desde que él se marchó.

Ahora puedo mirarlos cuando pasan, cuando entran. No me agradan, los respeto. Respeto su función y el lugar que ocupan. En algún sitio tenemos que ubicarnos. A algo nos toca siempre aferrarnos. La nada, el vacío no son espacios en los que se pueda construir nada, seamos insectos o personas.

Me tatué una mariposa en la piel para tenerlo muy presente. De entre todos los insectos, tal vez sea el que se parece más al ser humano por su trayectoria existencial y por su belleza.

No me gustaban los insectos. No podía disfrutar mirándolos ni me fascinaba su comportamiento. No tenía curiosidad por sus esforzadas vidas ni quería saber qué función cumplen en la estructura piramidal de la que todos somos parte. Ahora me gustan algo, puedo mirarlos, despiertan mi curiosidad, me interesa saber de ellos. Y más que nunca, entiendo cómo se sentía Gregorio Samsa.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete

Para recibir mis publicaciones por email.