La plaza

Jun 9, 2019

Era aquella plaza donde aparcábamos las bicicletas la que tuvo la culpa de todo. No fui yo ni fuiste tú.

Tampoco fue tu poesía ni mis bailes a tu alrededor. Ni el calor, ni la cerveza, ni la música de Terrorvision.

No fue el ciclo de cine, ni los recitales, ni los apuntes de árabe compartidos, ni siquiera aquella fiesta.

No fue tu chica, ni mi novio, ni los descansos en el patio entre horas de estudio.

Fue aquella plaza mágica de suelo empedrado, el sonido de la fuente, constante, las paredes encaladas, el portón de madera vieja, la pesada aldaba de hierro, el ajado escalón de piedra, el olor a jazmines y a dama de noche que nos envolvían, me envolvían, y allí sólo podía buscar tus ojos verde oscuro, como si no hubiese otros ojos de otros colores en todo el mundo, sólo los tuyos. Y a través de tus ojos me veía a mí tal y como tú me mirabas. Diferente. Única. Especial.

Nadie me ha vuelto a mirar nunca como tú lo hacías en aquella plaza.

Tal vez tenías que haberme pinchado las ruedas de la bicicleta, sí,»para que nunca te fueras», decías. Para no haberme ido jamás.

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